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“Me han diagnosticado una bacteria que se llama SIBO”
Seguro que este verano si eres adicto a las redes sociales has oído hablar de SIBO. La historia que se repite es la siguiente: persona con problemas de digestiones pesadas, hinchazón y gases, acidez, diarreas frecuentes. Le hacen un sencillo test de aliento y le dicen que libera mucho más hidrógeno de lo normal, debido a un sobrecrecimiento de bacterias en el intestino delgado. Le recetan antibióticos. Como consecuencia se altera toda la microbiota intestinal por lo que para reponerla le recomiendan que tome probióticos. Quizá, de paso, le proponen hacer un análisis completo de la microbiota intestinal a partir de una muestra de heces. Se aburre de estar tomando probióticos con lo que le diseñan una dieta “personalizada”. Al final, tras varios cientos (o miles) de euros gastados, se encuentra un poco mejor… o no.
¿Qué significa SIBO?
SIBO no es el nombre de una bacteria, es el acrónimo de Small Intestinal Bacterial Overgrowth (Sobrecrecimiento Bacteriano en el Intestino Delgado). La microbiota intestinal es el conjunto de todos los microorganismos (bacterias, arqueas, virus, hongos y protozoos) que alberga el sistema digestivo. Se calcula que la cantidad de microorganismos intestinales pueden superar los 1014 UFC/mL (Unidades Formadoras de Colonias por mililitro). Además, esa cantidad inmensa de microorganismos es tremendamente variable, son cientos, probablemente miles, de especies distintas. En realidad, somos un complejo ecosistema en equilibrio con millones de interacciones entre esos microbios y nuestras células. La microbiota respalda el funcionamiento saludable de nuestro sistema digestivo, inmunitario, endocrino y nervioso. Produce vitaminas, ácidos grasos de cadena corta, aminoácidos, neurotransmisores, hormonas y otros muchos compuestos. Cuando ese equilibrio se altera, por cambios en la composición o el número de microorganismos, lo que se conoce como disbiosis, se pueden desarrollar enfermedades inflamatorias intestinales, síndrome del intestino irritable o enfermedades metabólicas como la diabetes, la obesidad y las alergias. No todo es SIBO, se han identificado otros tipos de trastornos en la microbiota intestinal: LIBO (Sobrecrecimiento Bacteriano en el Intestino Grueso), SIFO (Sobrecrecimiento Fúngico en el Intestino Delgado) e IMO (Sobrecrecimiento de Metanógenos Intestinales).
Sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado
SIBO consiste en la presencia de bacterias específicas del colon en el intestino delgado en cantidades mayores a 103 UFC/mL, lo que supone un cambio en el equilibrio de especies individuales de la microbiota en el intestino delgado, y causa síntomas gastrointestinales. Los pacientes con SIBO producen hidrógeno en exceso debido a la fermentación de los carbohidratos consumidos. Las bacterias características del sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado incluyen Streptococcus, Staphylococcus, Bacteroides y Lactobacillus. También suele haber un aumento en el número de bacterias de los géneros Escherichia, Klebsiella y Proteus. Los principales síntomas son dolor abdominal, distensión, gases, diarrea y movimientos intestinales irregulares. Estos problemas pueden llevar a la malabsorción, lo que resulta en deficiencias nutricionales, anemia o hipoproteinemia. El sobrecrecimiento microbiano en el intestino puede generar un aumento de algunos componentes bacterianos (como el lipopolisacárido), que estimulan una respuesta inflamatoria y generan una inflamación crónica.
No hay un consenso sobre cuál es la microbiota normal en el intestino delgado
El diagnóstico implica un aspirado del contenido del yeyuno (mediante endoscopia) y cultivo de la muestra en el laboratorio. Una concentración mayor de 103 UFC/mL en un cultivo es sinónimo de un diagnóstico de SIBO. Uno de las limitaciones es que todavía no hay un consenso sobre cuál es la microbiota normal en el intestino delgado. Debido a la invasividad de esta prueba, se utilizan también pruebas indirectas de aliento. Consisten en medir la cantidad de hidrógeno y de metano que se exhala tras beber una mezcla de agua y glucosa o lactulosa. Este tipo de azúcares se suelen absorber y degradar en el intestino grueso y no en el delgado. Un aumento de más de 20 ppm en la concentración de hidrógeno en comparación con el valor basal se emplea también como sinónimo de un diagnóstico de SIBO. Sin embargo, no hay un consenso sobre la validez e interpretación de este test que puede dar falsos negativos y falsos positivos.
Últimamente estamos asistiendo a un sobrediagnóstico de SIBO
El SIBO a menudo acompaña a enfermedades del sistema digestivo y a otras condiciones. El sobrecrecimiento bacteriano es más común en personas que padecen Síndrome de Intestino Irritable, enfermedad de Crohn y otras enfermedades inflamatorias del intestino. También se ha relacionado con la enfermedad celíaca, con fístulas, estenosis o procedimientos quirúrgicos, y con la obesidad. La prevalencia de SIBO es significativamente mayor entre los pacientes diabéticos tipo 1 y tipo 2 que en la población general. Además, se ha identificado la coexistencia de SIBO en enfermedad hepática grasa no alcohólica, cirrosis, pancreatitis crónica, fibrosis quística, insuficiencia cardíaca, hipotiroidismo, enfermedad de Parkinson, depresión, esclerosis sistémica, e insuficiencia renal crónica. Además, las irregularidades en la estructura y función de la pared intestinal, baja presión de la válvula ileocecal, concentraciones excesivas de algunos compuestos, la presencia de citoquinas proinflamatorias y el aumento del pH gástrico pueden causar SIBO. En todos estos casos, la pregunta sin resolver es si SIBO es causa o efecto: ¿es el sobrecimiento de bacterias en el intestino delgado lo que causa o empeora estas enfermedades o son estas enfermedades las que generan el SIBO?
Cambiar nuestra microbiota es mucho más difícil de lo que pensamos
Se han descrito varios tratamientos para el SIBO. Los antibióticos son recetados ampliamente, aunque el tratamiento es empírico, ya que se inicia antes de disponer de información sobre los microorganismos implicados y es, por tanto, un tratamiento de probabilidad. La evidencia que respalda su uso es escasa y puede tener otros efectos no deseados en la microbiota intestinal, favorecer el desarrollo de resistencias o la infección por Clostridioides difficile. Se ha sugerido un efecto beneficioso temporal al reducir los alimentos fermentables en la dieta y evitar productos ricos en fibra, polioles, edulcorantes y prebióticos. Es lo que se denominan dietas bajas en FODMAP (Oligosacáridos Fermentables, Disacáridos, Monosacáridos y Polioles), basada en reducir temporalmente algunos alimentos (azúcares, almidones y fibra) que se absorben mal en el intestino delgado, absorben mucha agua que alteran los movimientos peristálticos y fermentan con rapidez en el colon produciendo muchos gases. Existe muy poca investigación de calidad sobre el efecto de los probióticos en la microbiota del intestino delgado y, en concreto, para el tratamiento del SIBO. La situación es similar con el trasplante de microbiota fecal, no hay evidencias suficientes que justifiquen su eficacia en el tratamiento del SIBO.
SIBO no es una enfermedad
SIBO no es sinónimo de enfermedad: una persona puede dar positivo a un test de SIBO y estar perfectamente sano, sin síntomas. Todos estos tratamientos no “curan” el SIBO, pueden aliviar temporalmente los síntomas. Para “curar” el SIBO habría que ir a las causas y SIBO probablemente sea un efecto secundario de otras enfermedades.
El SIBO: la enfermedad de moda.
Desde no hace mucho tiempo, un nuevo trastorno digestivo está siendo objeto creciente de atención, tanto entre los profesionales como entre la población general. Hablamos del sobrecrecimiento bacteriano o SIBO, un síndrome de reciente aparición diagnóstica que se caracteriza por un crecimiento excesivo del número de bacterias que pueblan el intestino delgado. Es decir, estaríamos hablando de un tipo de disbiosis, de un desequilibrio en la microbiota intestinal.
Según explica el doctor José Francisco Tinao, jefe de servicio de Medicina Integrativa y Longevidad de Olympia Quirónsalud, esto ocurre “cuando las bacterias que normalmente se encuentran en el colon o intestino grueso se desplazan hacia el intestino delgado, donde no deberían estar en grandes cantidades”. Esta excesiva proliferación de bacterias en esta zona causa, entre otros problemas de salud, una mala absorción de los nutrientes.
El SIBO puede ser multifactorial. Se produce por una cantidad insuficiente de ácido gástrico, sales biliares, enzimas digestivas, un sistema inmune comprometido o el movimiento lento o irregular del intestino, entre otras causas. Se estima que el 22% de la población presenta alguna de estas alteraciones, llegando a alcanzar un 85% entre pacientes con intestino irritable. De hecho, se entiende que el sobrecrecimiento bacteriano puede tener relación con el síndrome del intestino irritable, la enfermedad inflamatoria intestinal, la enfermedad celíaca y la intolerancia a la lactosa, independientemente de la deficiencia nutricional debido a la mala absorción de nutrientes.
«Es debido a diversas causas, como trastornos del movimiento intestinal, alteraciones anatómicas o disfunciones del sistema inmunológico», añade el experto. La mayoría no puede evitarse, por lo que las medidas preventivas, según el especialista, «solo pueden aplicarse en algunas enfermedades o hábitos: control meticuloso de la diabetes, para evitar una alteración del movimiento intestinal que favorezca la aparición de SIBO; cumplimento riguroso de la restricción del gluten en celíacos y uso racional de medicamentos que disminuyen la producción de ácido por el estómago, como los inhibidores de la bomba de protones».
En las demás circunstancias, la única medida preventiva válida es el uso cíclico de antibióticos, aunque, advierte el doctor Tinao, “solo se justifica en los casos de haber enfrentado episodios recurrentes de SIBO”.
Los síntomas suelen ser menores e inespecíficos: “Malestar y distensión abdominal, meteorismo, flatulencia, diarrea o estreñimiento”, indica el doctor Tinao, «y estos, a menudo crónicos, pueden tener un impacto significativo en la calidad de vida de los afectados».
Diagnóstico y tratamiento
El test más ampliamente extendido para el diagnóstico es el que se realiza mediante una prueba de aliento con lactulosa. Como explica el doctor José Francisco Tinao, este tipo de prueba no invasiva mide la cantidad de hidrógeno o metano que se exhala tras una ingesta de lactulosa, realizando mediciones cada 30 minutos. «Con el patrón de incremento de la concentración de hidrógeno y metano en el aliento, se realiza una determinación indirecta de la presencia de exceso de bacterias en el intestino delgado».
El tratamiento se encamina a reducir la cantidad de bacterias en el intestino delgado y restaurar un equilibrio saludable: para ello se utilizan antibióticos específicos, con una tasa de éxito hasta aproximadamente un 66% de los pacientes.
Para Alfonso Carabel, jefe de servicio de Nutrición de Olympia, es fundamental también que se hagan cambios en la dieta y en el estilo de vida, como la reducción de carbohidratos fermentables (FODMAP). «Una dieta baja en FODMAP reduce la comida que alimenta las bacterias, ayudando al control de síntomas y al esfuerzo terapéutico para el control de la población bacteriana».
Junto a los expertos en Digestivo, estos equipos apoyan la idea de trabajar con dietas adaptadas al perfil bacteriano que presente el paciente, basadas en modelos de restricción tipo FODMAP o dietas antiinflamatorias. «El uso de probióticos y prebióticos, y en algunos casos complejos otras terapias no invasivas, son nuevas herramientas beneficiosas para el organismo que apoyan al sistema inmune», concluye el doctor Tinao.